Un sueño reciente
Un abrazo, el hombre que mas amé en mi vida, él llora por algún motivo que desconozco, y yo le beso los ojos, hasta que se queda dormido y yo le canto una canción. Nuestro hijo duerme en el cuarto de al lado y el ruido del mar se escucha lejos, es invierno y la playa está helada. Mejor no salir porque ya cae la noche. Me lo dice el cielo que está naranja.
Su respiración de dormido en mis brazos suena como un ritmo entrecruzado con el mar, su pelo destella de claroscuros segun cómo le dé el rayo que entra por la ventana y da cuenta de las particulas de polvillo que hay en el aire. Se mece por ser tan lacio, y yo miro atenta esos ojos cerrados, como cuando se mira la pava esperando que hierva el agua, asi, igual. Pero esperando que los abra e inunde el mundo (mi mundo) con su imposible transparencia y pureza.
Le apoyo la cabeza en una almohada sin que se despierte, y me levanto a ver cómo está el bebé, pero cuando llego, la cuna está vacía y al mirar hacia abajo me doy cuenta de que hay un agujero en el medio de mi abdomen, grande, con una pecera, y pececitos azules que nadan, en lugar de vientre. Y es ahí donde me doy cuenta que nunca hubo un niño en ésa cuna, y que por éso el hombre lloraba. Ahora la que lloro soy yo. Entonces me acuesto a su lado en la cama, y me acurruco bajo el amparo de su brazo. Y me quedo dormida esperando que se me seque la cara. Ya no lloro, porque me siento protegida, y además me entusiasma la idea de tener la cara tirante por la salubridad de las lágrimas al despertarme de vuelta, y ser entonces consciente de que aquél llanto es algo que ya ha pasado y quedado atrás.
Su respiración de dormido en mis brazos suena como un ritmo entrecruzado con el mar, su pelo destella de claroscuros segun cómo le dé el rayo que entra por la ventana y da cuenta de las particulas de polvillo que hay en el aire. Se mece por ser tan lacio, y yo miro atenta esos ojos cerrados, como cuando se mira la pava esperando que hierva el agua, asi, igual. Pero esperando que los abra e inunde el mundo (mi mundo) con su imposible transparencia y pureza.
Le apoyo la cabeza en una almohada sin que se despierte, y me levanto a ver cómo está el bebé, pero cuando llego, la cuna está vacía y al mirar hacia abajo me doy cuenta de que hay un agujero en el medio de mi abdomen, grande, con una pecera, y pececitos azules que nadan, en lugar de vientre. Y es ahí donde me doy cuenta que nunca hubo un niño en ésa cuna, y que por éso el hombre lloraba. Ahora la que lloro soy yo. Entonces me acuesto a su lado en la cama, y me acurruco bajo el amparo de su brazo. Y me quedo dormida esperando que se me seque la cara. Ya no lloro, porque me siento protegida, y además me entusiasma la idea de tener la cara tirante por la salubridad de las lágrimas al despertarme de vuelta, y ser entonces consciente de que aquél llanto es algo que ya ha pasado y quedado atrás.
